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miércoles, marzo 13, 2013

Náufrago


En noches como las de hoy, siento como si mi juventud hubiese partido. Como si el peso de mi nostalgia, pintara con polvo blanco mis cabellos, mi vida y mis pensamientos.  

Siento pena por mí. Miro debajo de mi frazada, y solo escucho risas inocentes de niños grandes. Levanto la mirada; sobre aquella frazada, viaja un naufrago esperando a ser silenciado por la crueldad de las olas.

La salinidad, termina de resecar mis labios. Me siento a descansar pero no puedo, el mar ahoga mi garganta y sumerge mi pecho en una lenta y sobria pesadez. Al igual que mis ideas, mi respiración se hace ciega, casi como un movimiento torpe en la oscuridad.

No conozco a nadie, no recuerdo sus nombres. Al igual que el naufrago, muchos amigos han partido. Ella se ha ido con palabras que aún no dije, con la ilusión de un amante que aún no recorre mi desnudez.

Tal como la juventud que sólo llega una vez, transcurren en la vida las oportunidades. Con las huellas del tiempo y los azares del mundo, pensar en las palabras guardadas, en los besos no robados o en las caricias coleccionadas para mi, resultaría ahora, insensato.  

Si aquel naufrago se atreviese a preguntar por la edad de mi corazón, arrugaría la frente y dejaría clara la ausencia de una brújula en nuestro viaje.

Ciertamente, he querido volver al principio, caminar nuevamente descalzo, correr con el corazón en la mano y levantarme con la emoción, que producen aquellas molestas mariposas en el estomago, pero de aquello sólo queda un vago recuerdo. 

Ya no me cuestiono. Con los ojos cerrados y con mis labios aún pegados entre sí, susurro las cosas que no dije antes, las palabras coleccionadas, las caricias no entregadas, las cosas por las que aún sigo esperando. 




lunes, noviembre 19, 2012

Correspondencia #2


París, 17 de noviembre de 1975


Querido Yamil, 

En respuesta a su carta y a su preocupación, he decidido mantenerlo al tanto, en cuanto a mi tratamiento se refiere. Por el aprecio y la confianza que le tengo no omitiré ningún detalle, ni sentimentalismo por más escandaloso o grotesco que parezca. 

Hace algunos días, por solicitud de Nabîl, mi amigo y consejero personal, ya conocerá usted sus caprichos, decidí ir donde su médico. Salimos de París, con bastante tiempo, eran casi las 8 de la mañana cuando emprendimos el viaje hacia Londres. He de confesarle, que estaba algo preocupado por el diagnostico, que aquel famoso doctor tendría reservado para mí. Me conozco lo suficiente y parte de mí, insiste en que más allá de ser un quebranto de salud, puede tratarse de algo peor.

Luego de varias horas de camino, llegamos Londres, caminamos un poco y tocamos en su consultorio. Ya nada me sorprende, así que para mí, no fue extraño el hecho de hallarnos frente a la puerta de un psiquiatra. Créame que si no le tuviese miedo a estar loco, o si no estuviera al corriente de mi situación, me hubiese molestado profundamente. 

Entré a la sala, en ella se encontraba una mujer de cabellos blancos y alborotados, también un joven de muy buen semblante. Antes de empezar a detallar sus comportamientos, el doctor entró y me llamo hacía una habitación. Más que un consultorio, parecía un estudio.

No podría describirle en una sóla carta cómo fue la consulta, pero he de decirle que por momentos creí extinguirme. Si en aquellos momentos me hubiese ahogado en sentimientos, lo haría sabiendo que ellos están  para recordarnos lo tontos que somos. Con el respeto que ambos nos merecemos, extrañe su compañía y la fortaleza que usted me inspira. 

Volveré cada vez que mi situación económica me lo permita, sabe usted que ya no dispongo de la fortuna de mi padre, así que sólo puedo contar con lo que los libros me dejen como ganancia. Mientras le escribo, aún tengo en mis manos la carta que recibí. La conservo, porque espero algún día poder entregársela personalmente y terminar de contarle lo que allí sucedió.

Ahora no puedo entrar en muchas consideraciones, deben estar esperando por mí en el comedor. Por hoy, esto será todo lo que le contaré.


Con afecto, 


Orian 


domingo, noviembre 18, 2012

Tarde


A eso de las 4, cuando el sol aún no se ha ocultado, una mujer se para debajo de un árbol.  Lleva un hermoso vestido beige, y zapatos cerrados. El vestido, que parece haber sido blanco deja ver su delicada figura.  

Se dispone de tal forma, que parece que tuviera en sus manos un violín. Utiliza el arco con sus dedos casi empuñados e intenta realizar pequeños movimientos. Algunos caminantes se detienen, la observan, pero ninguno se queda. Sus movimientos son tan suaves y tan precisos que por un momento, parecen mezclarse con el sonido del viento.

Antes de ser arrastrado por su madre, un niño, vestido como marinero la observa. Ella no se percata, pero él, disfruta viéndola, tanto como ella entonando su melodía. Suavemente el niño voltea su cara y la ve desaparecer.

La tarde marchita le inspira a continuar. Permanece allí media hora, como un árbol plantado en una selva de concreto. La obra está en su cúspide, los vibratos que realiza son el preludio del final. Baja su violín, observa el descenso del sol y camina hacía otro atardecer.  



sábado, noviembre 10, 2012

¿Qué si he pensando en el suicidio?



Tenía prisa, así que decidí viajar en taxi. Casi nunca llueve en Cali, pero justo hoy tenía que llover. Sin notarlo, una de las ventanas que estaba a la mitad, dejó pasar una leve brisa, levante la mirada hacia la ventaba; pasábamos frente  a una caravana de carros, todos ellos adornados con flores.

 –¿Sabe? creo que cada día morimos un poco – El taxista contuvo la respiración por un momento y continuó – patrón, uno escoge el día de su muerte y cómo ha de morir.

No le respondí nada, le mire por el retrovisor y tenía la mirada puesta en mí; parecía desafiarme a que le contestara. Decidí apartar la mirada y seguir observando la caravana. En realidad, me había perturbado un poco, ¿conocía el significado de la muerte o simplemente se estaba burlando de mí? Él parecía esperando una respuesta. Al tratar de evadirlo, noté que a mi lado había un pequeño diario, intente decírselo al taxista, pero había decidido no hablarle. Como quien no quiere la cosa empecé a ojearlo. Las primeras hojas, estaban sucias, algunas llenas de bocetos; las que seguían tenían versos:

¿Qué si he pensando en el suicidio? Claro que lo he pensado.  Lo he pensado muchas veces, durante horas, a veces durante semanas enteras, pero no me atrevo. Cada vez que lo pienso, se me humedecen los ojos.
Escribiría un poema firmado con mi nombre. Un poema extenso, no muy romántico, ni muy dramático, algo más bien ligero y sensual…
El taxista interrumpe mi lectura, le contesto rápidamente. Me doy cuenta que acabo de llegar a mi casa. 






miércoles, noviembre 07, 2012

James


Se acababa de despertar. Escuchó las llantas de los carros que transitaban por el pavimento mojado, se asusto especialmente por uno que paso muy cerca de la puerta del cuarto, guardo silencio y espero, se escucharon llaves y una puerta sonar. Pensó que había pasado todo. Se levanto como pudo, observo la cara de la prostituta; tenía los ojos cerrados y el labial corrido casi hasta su oreja izquierda. Ahora tenía que hallar una forma de salir de allí. 

Él mismo se hacía llamar james, era un hombre blanco, de tonalidad pálida, más bien como si fuera vegetariano o sufriese de una enfermedad hepática contagiosa, generalmente vestía ropa formal, dado que su profesión así lo requería, tenía alrededor de 50 años y la edad se le notaba en las entradas y en la calvicie. Era un fumador empedernido, tenía dientes amarillos por la cafeína y una sonrisa vacía y triste. Nunca supo explicar muy bien las clases magistrales para las cuales el director de una de las más prestigiosas universidades del país, le había contratado. 

Tenía movimientos bruscos y torpes, era más bien lento y se le dificultaba organizar sus ideas, pero cada vez que exponía algún tema terminada con una sonrisa fingida y poco encantadora. 



martes, noviembre 06, 2012

Otoño


Ese día, el cielo estaba algo gris, pero no como si fuera a llover. Hacia viento, y éste movía pequeñas ramitas del árbol de enfrente… había una especie de goteo, eran hojas verdes y amarillas. Ellas descendían como si luego de haber deshojado quisieran llegar lejos del árbol… unas rodaban en círculo hasta desaparecer. Las menos afortunadas caían al piso o entraban por la puerta de algún desconocido. No hacia frio, pero me recordaba a aquel otoño triste.